GRACIAS POR EL FÚTBOL

Me levanté a las ocho y media y como siempre, la tele ya estaba prendida en el nueve. Pasé los primeros minutos que uno tarda en reaccionar, mirando la pantalla. Extrañado por la presencia de una pareja venezolana en intrincado embrollo amoroso. No hay verde, no hay tribuna, no hay copa en la entrada al camarín. ¿En qué mundo triste y cruel he despertado? En el que el fútbol no es mi primer alimento del día. ¿Hacia qué realidad paralela absurda me he transportado y cómo hago para salir de aquí?

Al rato miro el reloj y la fecha marca Lunes 12 de Junio del año 2010. Y caigo: se acabó el mundial. Suena fácil decirlo pero lo cierto es que de todos los Lunes grises y nefastos del invierno, este es el peor de todos.
Por suerte quedan grabadas las emociones imborrables que deja mi deporte preferido. El que considero el más perfecto y hermoso de todos. Un deporte en el que un equipo que llega agonizando a la clasificación como Uruguay, puede dictar una lección de vida y de dignidad, dejando hasta la última gota de amor propio en la cancha y ser recibido de regreso como lo que es: una raza heroica. Un deporte en el que un equipo que arranca perdiendo como España, puede acabar practicando el mejor fútbol del mundo. El más fino, el más elegante y el más productivo a la vez. Y coronarse campeón para la alegría de un pueblo que por fin se logra liberar de la frustración y explota en emoción incontenible.

Después de un mes en el que el ritmo de la vida fue marcado por el ritmo de los corazones de los 22 jugadores que en ese momento disputaban un partido. Después de un mes en que la gloria y la derrota estuvieron separadas por una línea tan delgada como el honor. Después de un mes así, si queda algo que decir, no puede ser otra cosa que GRACIAS POR EL FÚTBOL.