UN RINCONCITO DE EL SALVADOR EN EEUU

Era invierno y era crudo e hijo de puta. Eran los Estados Unidos de Norteamérica. Así de espectacular y hollywoodense como suena. Y los gringos andan forrados de pies a cabeza. Había que comprar marihuana y en Wisconsin los que se arriesgan para llevar un moño a tu mesa  no son peruanos, sorpresivamente. Son salvadoreños.

Además ni siquiera llegan a casa sino que hay que salir a buscarlos con ese frio de mierda. Se ocultan por lo general en barrios grises y pobres a los que la policía teme llegar. Viven en departamentos recónditos dentro de complejos habitacionales enormes con cientos de torres iguales. Eso confunde aún más a los cerdos, que acaban por tirar la toalla en una pelea contra la comercialización que parecemos haber ganado los felices consumidores.

Montgomery bajó del auto frente a la casa de los centroamericanos y entró. La calefacción al máximo, plantas por todos lados simulando la selva tropical. Toda la familia en bibidí y sayonaras. Viviendo como en El Salvador en el medio del epicentro mundial de lo gringo y la gringada en general.

Durbans se sentía incómodo por tener que conseguir su hierba como si estuviera cometiendo un delito y sobre todo porque para un peruano nacido en este país por demás generoso, es vergonzoso tener que recurrir a un extranjero para solucionar sus problemas de déficit de Ganja.

Tomó lo suyo y salió del departamento caminando rápido a través de los miles de pasadizos oscuros que hay que atravesar para salir del complejo. En el camino salió un boricua de uno de los departamentos más pequeños del edificio con una pistola en la mano y ganas de joder. Durbans lo pateó en el pecho sin preguntar, le quitó el arma y la tiró por el compartimiento de basura logrando que se disparara al caer al fondo. Al salir caminando por la puerta notó que la bala había ido a parar en el centro de la cabeza de un deportista que adornaba un cartel publicitario antidrogas.